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Conociendo las razas: Los Karnákos

Cuentan los libros ancestrales, que esta delicada raza de aspecto niño, de constitución delgada, manos y dedos muy alargados, grandes ojos que te miran con ternura y una altura en referencia a los humanos un poco más bajos, pero en comparación con los enanos dos palmos más altos, fue creada a raíz de un hechizo. Esta es su historia.

Una de las parejas humanas que habitaban en la ciudad de Ratnibrón, cuando esta gozaba de una convivencia tranquila y pacífica, anhelaban crear una familia, pero la naturaleza tenía otros planes más importantes para ellos, pues, no engendrarían un retoño como los comunes.

Gréba y Síder vivía aislados del resto de la población, en las profundidades del bosque muerto. La cabaña que habitaban era de difícil localización, pues esta había sido un legado de la familia de Gréba, la cual pasaba generacionalmente de padres a hijos. Una tarde, cuando Gréba y su marido Síder daban su paseo matinal por el claro del tupido bosque, se encontraron con un cervatillo herido. No dudaron ni un instante en recogerlo con mimo y llevarlo a su hogar con el fin de prestarle los cuidados que tanto necesitaba.

Pasaron varios días y Gréba lo mimaba y protegía con amor maternal, cosa que empezaba a preocupar en buena medida a Síder, quien sabía que tanta dedicación y afecto, sería difícil de separar llegado el momento. Continuaron pasando los días y el cervatillo ya estaba totalmente recuperado, y el momento que tanto temía Síder, había llegado. Amaba tanto a su compañera, que, aunque le doliera, debía afrontar la cruda realidad, argumentando con dulzura, que lo mejor para el joven cervato era devolverlo a su ambiente. Así lo hizo y Greba entendió con gran dolor, que Síder tenía razón.

-Mañana lo haremos- Le decía Gréba, pero paso una mañana y otra y otra, hasta que Síder, sin más demora, una de esas mañanas, se vistió, se preparó y dijo con tono serio:

– Es la hora, no cabe más retraso. Recuerda querida que el amor autentico, es renunciar a tú propio egoísmo en favor del otro, aunque este te produzca enorme desazón. Yo sé que tú lo sabes, pero, entiendo que te duele tanto la perdida, que eres incapaz de dejarlo ir. Por eso tomaré esta difícil decisión por ti. Lo has cuidado, mimado, le has dado de comer, has jugado con él, lo has tratado como a un hijo y el vacío que dejará su ausencia, se te hará insoportable, pero, nadie es dueño de nadie y todo ese amor que le has otorgado le acompañará siempre. El milagro está en haberlo encontrarlo, permitiéndonos durante un tiempo disfrutar de su compañía. Lo justo por nuestra parte, es admitir que ha sido temporal y ha llegado el momento de que regrese a donde pertenece. –

Ella entre lágrimas, comprendió que la lógica de Síder era la correcta y sollozante, asintió con la cabeza, al tiempo que ambos se fundían en un amoroso abrazo.

Una vez preparados, los tres se encaminaron hacia las alturas del monte perdido, ya que era sobradamente conocido que los ciervos habitaban las cumbres de esa montaña. Mientras ascendían por la ladera de la misma, alcanzaron un claro despejado y lleno de baja vegetación en donde un gran lago, reflejaba en sus cristalinas aguas el pico de más arriba. El cervatillo comenzó a corretear de forma espontánea y alegre, como si reconociera el lugar. Síder, cogió con ternura la mano de Gréba y mirándola con un cariño profundo le dijo:

– Este es el entorno al que pertenece, no tenemos derecho a privarlo de él. –

Ella con un dolor punzante en el pecho, asintió sin poder articular palabra. En ese preciso instante, como presintiendo lo que estaba a punto de suceder, el joven cervatillo dejó de corretear para volver a donde ellos estaban, arrimándose cariñosamente a la compungida pareja, estos con el corazón partido, se arrodillaron para abrazarlo. Cuando Gréba y Síder se incorporaron nuevamente, alzaron sus miradas hacia las cumbres, como si con ese gesto le suplicaran al entorno que protegieran al pequeño, siendo en ese instante, cuando se percataron del gran ciervo blanco que descendía por los peñascos más elevados con suma agilidad. Este, de envergadura imponente, con paso firme, sereno y apacible, se fue aproximando a ellos hasta detenerse a una distancia prudencial. Más sorprendente todavía, fue la reacción del cervatillo, quien al percatarse de la presencia del gran ciervo, salió corriendo hacia él como si lo hubiera reconocido y cuando estuvieron el uno al lado del otro, ambos se profesaron grandes muestras de cariño. Pasaron unos instantes sumergidos en aquel idílico encuentro, cuando al poco, el gran ciervo blanco seguido por el pequeño cervato, se aproximó con suma elegancia hasta donde Gréba y Síder abrazados el uno al otro, los contemplaban, e inclinándose ante ellos, les agradeció con magno gesto, la salvación de su retoño. Ellos les correspondieron inclinando la cabeza en señal de satisfacción y respeto.

Cuando padre e hijo empezaban a alejarse hacia las cumbres, el pequeño, sin poder evitarlo, se detuvo y al tiempo que volvió su cabeza para mirar atrás, giró al compás su cuerpo corriendo al encuentro de la pareja. Ellos se postraron en la hierba para recibirlo y abrazarlo por última vez. Tras este hecho, padre e hijo desaparecieron de la vista con suma rapidez. De Gréba, se apodero un llanto descontrolado que ni las caricias ni las palabras de su amado Síder, podían detener. La ayudó a sentarse en el suelo, para que, con él a su lado, pudiera despojarse de tanto dolor mediante el alivio del llanto. Este era tan abundante y continuo que irremediablemente, se filtró en la tierra, despertando con tan intenso sentimiento a la dama Gea. Como de una niebla espontanea surgió la madre de la tierra. Síder y Gréba, asombrados por la presencia de la diosa, se mantuvieron quietos mirándola. La dama, se acercó a ellos y recogió de la humana sus últimas lágrimas, antes de provocar el cese de las mismas. Allí justo donde la tierra había absorbido la primera de ellas, las depositó, al tiempo que les decía: – La tierra se empapará con vuestro sufrimiento y este día, será el principio de un gran acontecimiento para vosotros y para el resto de la tierra de las puertas. De la magia de vuestro amor nacerán los hijos que tendréis que cuidar el resto de vuestras longevas vidas. No serán retoños de hombre y mujer pues estos sobradamente tienen quienes los engendren. Serán seres especiales, así como lo es vuestro amor. –

Dichas estas palabras, de la nada, allí donde las lágrimas fueron depositadas, una majestuosa fuente de piedra labrada, surgió de la tierra, pero, no emanaba agua, sino unos haces de luz de todos los colores existentes en la naturaleza. Gréba y Síder, estaban maravillados por tanta hermosura, pero, con expresión de no entender lo que estaba sucediendo. Entonces Gea, dedicándoles la mejor de sus sonrisas, así les habló: – Esta fuente, es y será por siempre, el resguardo de vuestro pueblo. Lo que surja de ella, no os pertenecerá, como no os ha pertenecido en ningún momento, ese cervatillo que tan amorosamente habéis cuidado, pero, los amareis, cuidareis y protegeréis, como lo que serán, hijos de vuestro amor. El manto de invisibilidad que os proporcionará la fuente, ayudará en este propósito. Durante cien años mortales, de la fuente surgirán cada primavera, lo que estáis a punto de presenciar, es vuestro cometido como padres protegerlos y darles el amor que necesitan para que crezcan libres y sanos. Seréis padres, sí, pero no de uno o varios retoños, seréis padres de una nueva raza, de un nuevo pueblo. Abandonaréis el hogar del bosque, dirigiéndoos al Norte del monte perdido, cuando lleguéis al lugar, yo os estaré esperando. Levantaré casas para que las habitéis y me quedaré cerca para proporcionaros sustento y cubrir todas vuestras necesidades, así con mi ayuda, vuestro pueblo crecerá prospero. La ciudad que gobernaréis le daréis el nombre de Karnák y la raza que tutelareis será conocida como la de los Karnákos. Contemplad el milagro de vuestro amor. – Finalizadas estas palabras, de cada haz de color que emanaba de la fuente, salía un joven Karnáko o una joven Karnáka. cincuenta de ellos fue el número total. Seguidamente, en un frasco de cristal, Gea recogió el color de la fuente arco iris, entregándoselo a Síder con estas palabras:

– Guárdalo muy bien y cuando la ciudad esté terminada, destapa su poder, el manto de invisibilidad que cubrirá todo el entorno, os proporcionará la protección que necesitáis para vivir en paz y seguir creciendo como pueblo unido, invisibles a ojos enemigos. La fuente no debe moverse, permanecerá en este lugar por siempre. Cada año, tendréis que acudir a ella para renovar el manto que invisibiliza de la ciudad, sin él, quedareis desprotegidos, expuestos a todos los ojos e intenciones. – Volviéndose a los que habían nacido les dijo: – Karnákos, aquí tenéis a vuestros padres. Gréba, Síder, estos son vuestros hijos. Amarlos con la misma intensidad con que vuestras lagrimas despertaron este milagro de vida. –

Hubo abrazos y alegría y nuevamente, Gea tomó la palabra.

– Padres de este pueblo, para que vuestra tutela y gobernanza sea completa, yo os concedo un nuevo don, ya no seréis simples mortales, vuestras vidas se prolongarán sin envejecer ni un solo día desde hoy hasta dentro de mil quinientos años, según el computo humano. Llegado el momento, os reuniréis conmigo para conduciros a otro plano dimensional. No temáis, el camino estará protegido en vuestra marcha hacia ese nuevo destino. Partid, pueblo de Karnák. – Así finalizó diciendo la dama de la tierra.

Esta es la historia de cómo surgió tan maravillosa raza. En la puerta principal de Karnák, hoy en día, conmemoran este prodigio dos enormes estatuas de mármol. La de Gréba, sentada en un sitial, con un retoño de Karnáko en sus brazos y la de Síder, en pie, sosteniendo entre sus manos una réplica exacta a pequeña escala, de la fuente arco iris.

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