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Relatos del Libro Azul III

EL VIAJE DE ANNA

 

Una de esas rutinarias mañanas, en la ciudad de Nápoles, una hermosa joven llamada Anna, terminaba sus clases diarias en la Universidad. Por la tarde, tenía un curso de especialización en traducción literaria, pero como estaba un poco agobiada, en vez de volver como siempre a casa para hacerse la comida, decidió comprarse un bocadillo en un puesto ambulante y visitar un parque cercano para introducirse en la paz natural, apartada de todo bullicio. Mientras caminaba rodeada de verdes, vio un árbol que llamó su atención debido a la robustez del tronco y su gran perímetro. Sin pensarlo se dijo:

– ¡Es el lugar perfecto para un rato de lectura!

Sentándose sobre la hierba, recostó su espalda en aquel hermoso tronco al tiempo que soltaba su pesada mochila en la alfombra de verdor natural.  Por unos instantes, se abandonó al entorno, dirigiendo su cabeza hacia las alturas. La luz solar jugaba entre las hojas con la complicidad de la cálida brisa que, de cuando en vez, las mecía para dejar admirar un trocito de cielo azul.

-¡Hola Anna, mi nombre es Rágna y soy el alma del árbol sobre el que estás recostada! – Le dije con ánimo de no asustarla en demasía.

-¿Qué está sucediendo? ¿Acaso estoy muerta? ¿Por qué estoy fuera de mi cuerpo con la apariencia de una luz? ¿Y cómo sabes mi nombre? – Me interrogó ella tratando entender.

-No temas, no estás muerta, simplemente duermes profundamente. Pocos son ya los humanos que cuidan y respetan la naturaleza como lo haces tú. Se han olvidado de donde proceden, ensimismados en sus propios egoísmos materialistas, por ello, sólo muy de cuando en vez, a ciertas personas muy especiales, como es el caso, les concedemos el regalo de un encuentro extracorporal. No temas por tu cuerpo, mi árbol natal lo protegerá hasta tu regreso. ¿Quieres acompañarme en este viaje? – Le pregunté.

Ella dudó unos instantes, pero no tardó en responderme.

-No sé si esto es real o un sueño, así que voy a dejarme llevar y te acompañaré a donde me quieras conducir. –

-¡Vamos entonces, toma impulso y sígueme! – Le contesté.

Ascendimos hasta salir de la capa terrestre, deteniéndonos justamente delante de la constelación de Escorpio. Allí en la inmensidad del espacio sideral, le dije: – Como sé que la mente humana, procesa lo no entendible como si fueran sueños, quiero que recuerdes cada palabra cuando regreses a la tierra. De esa manera, sabrás siempre de donde procedes y a donde regresarás cuando tu cuerpo mortal deje de funcionar. Quizás cambie tu manera de entender la vida que se te ha otorgado y le des más importancia a las cosas que realmente si la tienen, esas que a la mayoría de los humanos se les olvidan con demasiada frecuencia. Un abrazo, una palabra de consuelo, el sentirse sanos, el rumor del viento, los verdes, los campos, los mares, los ríos. El disfrute de todo lo que tenéis a vuestro alcance que no tiene moneda de cambio y que sólo en contadas ocasiones, os permitís disfrutar de ello. – Le expliqué.

– ¿Dónde estamos Rágna? – Se interesó ella.

– Estamos en el principio del todo y justamente aquí, doy inicio a esta historia.

El firmamento, no tiene principio ni fin, por eso en este manto infinito que se extiende hacia no se sabe dónde, las estrellas poseen esa energía que, no teniendo consciencia, son productoras de la misma. Cada cierto tiempo, eclosiona su luz, provocando con ella un caos sideral. Precisamente en esta constelación, la estrella llamada Sargas, esa que puedes ver brillar con tanta intensidad en la distancia, hace millones de años según el cómputo de la tierra, desplegó su energía en el espacio y a esa enérgica brillantez, se sumaron todas las estrellas que la rodeaban. Las partículas que de ellas salieron, se adhirieron unas a otras y cuando se enfriaron, una gran masa de tierra flotante fue el resultado. Fíjate bien, justo en el centro de la constelación de Escorpio podrás ver una gran isla flotante.

-Sí, la veo. – Me confirmó Anna.

-Pues bien, tienes que saber que de ella procedes tú y todos los pobladores del planeta que ahora habitas. No me extenderé mucho, únicamente quiero contarte el principio, de esa manera cuando regreses, entenderás mejor el por qué en ocasiones, sientes como si no pertenecieras a ningún lugar. Cuando se formó ese maravilloso prodigio, Sargas intensificó su chispear, provocando con ello, una copiosa lluvia energética, a la cual se sumaron todas las demás estrellas de la constelación. Esos millones de impactos de luz que en ocasiones se ven desde el planeta que habitas, son las lágrimas estelares, también conocidas perseidas. Lo que en un principio fue una simple masa flotante y ensombrecida, con el pasar del tiempo, se convertiría en el lugar de la vida. Las lágrimas estelares se tornaron en semillas y la primera de ellas, se filtró en el terráqueo suelo de la isla, germinando y produciéndose con ello, el prodigio de la existencia. Un retoño de árbol surgió con vigorosa vitalidad buscando la intensa luz solar que parecía saludarlo, pero en ese maravilloso instante, se cruzaba en la misma trayectoria solar la intensa brillantez de Sargas, quien haciendo llegar la energía vital de su fulgor hasta el árbol, dio vida a lo que sería el alma del mismo. Tras muchos años transcurridos, mientras ambos crecían, siempre al amparo de Sargas, su creadora, el alma no podía alejarse en demasía de su árbol natal, pues, esto les restaba vitalidad a ambos. Un día en el que el alma, paseaba mirando al techo de la noche, un nombre se dibujó en él, con suma intensidad, y al tiempo, una voz misteriosa nacida de no se sabía dónde, inundó el lugar diciendo así: -Tú eres Gea, energía del caos sideral, hija de las estrellas y creadora de vida. Recoge las partículas que tu árbol te proporciona y entiérralas para que de ellas nazcan los de menor rango. La que te habla es Sargas, una de las estrellas de la constelación de Escorpio, quien te protegerá junto con sus hermanas, de toda oscuridad reinante. No olvides que en todo lugar donde exista la luz, también habrá otro en total oscuridad. Así tiene que ser para conservar el equilibrio universal. Tu misión a parte de crear vida, será mantener ese equilibrio lo más nivelado posible. De la oscuridad, también saldrán energías nada positivas y a las cuales tendrás que enfrentarte para que la creación sea próspera. – Aquella voz se desvaneció al tiempo que el nombre que brillaba en el espacio, penetró en el cuerpo de la nombrada, quien, a partir de ese instante, sería conocida y llamada por dicho nombre. Con esa mención, también obtuvo desmesurado conocimiento y comprensión del todo, para utilizarlo con sabiduría y equidad. Gea, descubriría pronto sus grandes y crecientes dones. Cuando árbol y alma alcanzaron su plenitud, crearon juntos la ceremonia de la desunión, esto le concedía a Gea el poder moverse por toda la extensión del territorio sin temor a que ni ella, ni su árbol natal se dañaran por la distancia, obteniendo con ello libertad total de desplazamiento. Fue entonces cuando Gea, decidió crear el jardín de las semillas estelares en derredor del árbol de la vida. Así nombró a su árbol natal, el más hermoso jamás conocido. Sus ramas estaban compuestas de rayos lunares, de rayos solares y de energías estelares. Su tronco robusto y fuerte emanaba todas ellas en diminutas partículas que permanecían flotando en el aire. Ahora su energía solicitaba de Gea, la creación de mundos paralelos dentro de aquel extenso terreno baldío. Con un manto invisible, de espacio tiempo, cubrió parte del territorio dándole el nombre de Néde, la tierra de las almas de los árboles. Plantó semillas a lo largo y ancho de esa tierra y a cada árbol nacido, le acompañaba su alma. Emergieron ríos caudalosos, montañas gigantescas que rozaban el cielo y la raza más antigua, que siglos después se conocería, era la de Gea, la primera nederiana. Cuando Néde estuvo totalmente construido, formando un gran vergel que daba energía potenciada a la creadora de vida, esta, ayudada ahora por sus congéneres, decidió poner límites al territorio creando varias puertas dimensionales para que ese mundo no fuera visible tras el linde de esa extensión. El árbol de la vida y el jardín de las semillas estelares quedaron ocultos en lo más profundo del bosque, protegiendo con ello el valioso secreto que guardaba. La entrada al recinto sagrado, estaba totalmente prohibida a cualquier ser viviente, y así fue respetado el mandato de la dama de la tierra por las razas nacidas en Néde. El Roloc Led Lobrá, fue el segundo de los árboles nacidos en ese enigmático territorio y con él, su alma, conocida con el nombre de Nídos. Tanto los nederianos como las nederianas, eran de cuerpos altos y esbeltos. Rostros hermosos y claros. La tonalidad de sus cabellos era muy variada. Plateados, como los rayos lunares; dorados, como los dedos del sol; azules, como la inmensidad del firmamento; verdes, como la exuberante vegetación del entorno. Sus ojos rasgados y grandes, eran todos de vivo color violáceo, destilando una paz indescriptible para todo aquel que en ellos se fijara. Pero lo que más los caracterizaba eran sus finas y largas alas totalmente incoloras, brillando con cada destello de luz. Estas se recogían elegantemente sobre la espalda, deslizándose hasta la altura de los tobillos. Así Anna, se inició el principio del todo. No me está permitido contarte mucho más. – Dije finalizando mi relato.

-¿Y dime, Rágna, es ahí a donde todos tornaremos cuando nuestras vidas mortales se acaben? – Me preguntó ella.

-Sí – Respondí. –

-¿Y cómo reconoceremos el camino? – Volvió a preguntarme Anna.

-La luz de Sargas os guiará hasta la puerta del retorno- Le expliqué.

-Entonces ¿nada muere realmente? – Quiso saber Anna.

-Solo la materia se pudre y extingue. La energía de un alma es inmortal. Cada raza tiene un cometido en un mundo diferente. – Le hice saber.

-¿Quieres decir que existen otros mundos poblados por otras razas? – Preguntó con tono de asombro.

-Los humanos siempre creyendo que son los únicos en el espacio, claro que existen mundos, galaxias, constelaciones, universos que están habitados. Cada planeta existente es, para que lo entiendas, una escuela de aprendizaje. Cuando alcanzamos la sabiduría de la comprensión total, se nos otorga el rango de vigilantes, que es precisamente lo que yo y muchos otros somos en tu planeta. Estamos pendientes de vuestros pasos para que alcancéis el conocimiento requerido cuando llegue el momento de la partida. Somos los restauradores invisibles de la regeneración natural. Cada uno de vosotros, tiene un vigilante, un guía de crecimiento personal. Yo Anna, soy el tuyo, quiero que recuerdes que no estás sola, nunca estás sola. No todo lo que vemos es real, ni tampoco lo que no alcanzamos a vislumbra es necesariamente ilusorio. Veo con mucha tristeza hacia donde va conducida tu raza. Puede que la raza humana termine repitiendo lo que en otros ciclos sucedió. Ese desprendimiento de su esencia, la conduce irremisiblemente a la total autodestrucción, pero el planeta seguirá respirando para los nuevos pobladores y para todos aquellos que, habiendo sido pastores del mismo, sean rescatados de esa cada vez mas cercana masacre autodestructiva. Los ciclos se regeneran, vuelven a empezar desde el principio y solo cuando tu raza se percate de ello, alcanzará la sabiduría que le pertenece en el cosmos. Mientras, solo tienen una opción, aprender sobre si mismos y desarrollar esa empatía tan necesaria para alcanzar el propósito de sus existencias y no de palabra, si de hechos constatados. Pero bueno, ese no es mi cometido. – Le expliqué.

-Tengo tantas dudas, tantas preguntas para hacerte, que no se realmente por dónde empezar. – Me dijo Anna.

-Ya no es hora de preguntas. Tampoco de respuestas. Tenemos que regresar. – Le confirmé.

Descendimos con velocidad hasta penetrar nuevamente en la capa del planeta, volviendo al lugar donde dormitaba con suma tranquilidad su cuerpo.

En aquel rincón natural, exento de gente, la tranquilidad natural arrojaba al entorno ese hálito de paz inconmensurable.

-Anna, este viaje ha finalizado. Es hora de unirte nuevamente a tu cuerpo mortal. – Le comuniqué.

-Solamente una cosa más necesito saber. – Me dijo ella.

-La última será. – Le respondí.

-Me gustaría conocer el nombre de la isla flotante, para llevarla siempre en mi memoria y que, en los malos momentos, recordando tu relato, pueda tener esperanza y alegría para compartir con los demás. – Me solicitó.

-La isla de la vida, Anna, se llama, La Tierra de las Puertas. A ella regresarás cuando llegue el momento. – Le respondí mientras se introducía en su cuerpo.

La observé cuando se despertó, percibiendo el descanso reparador de su cuerpo. Por el cálculo de la Tierra, nuestro viaje solo había durado una hora.

Se incorporó con agilidad, y con un brillo de alegría en su rostro. Noté la paz de su alma y mientras se alejaba, por un instante, me hice visible, consintiendo así en aquel momento, que pudiera verme con sus ojos. Ella giró su cabeza en dirección a mi árbol natal, en el que había estado reposando su cuerpo y con gran sorpresa al mirarme, sonrió. Yo con uno de mis dedos alcancé mi boca para solicitarle silencio y le devolví aquella sonrisa de complicidad al tiempo que desaparecía en el tronco de mi árbol natal. Pero aquel no fue el final de ese encuentro, pues antes de desaparecer hacia la avenida principal, susurró: – La Tierra de las Puertas, estará siempre en mi corazón Rágna. –

Este, sí fue el final de aquel primer viaje.

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