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Skrár, El Poseedor de Almas

Skrár, El poseedor de Almas

Hace mucho tiempo atrás, poco antes de estallar la guerra entre humanos, un grupo numeroso de eruditos que formaban una orden secreta, abandonaron las tierras de Ratnibrón para crear la orden del concilio de magos. Se asentaron en lo más alto de las montañas Sogám, en un lugar casi inaccesible, que con el tiempo prosperó convirtiéndose en la mayor escuela de magia existente en todo el territorio de la tierra de las puertas. En la gran sala de investigación, se escrutaban las diferentes magias existentes de todo el universo. El alumnado que era admitido en aquel hermoso paraje natural, tenia que pasar una prueba, no importando raza ni condición. En las afueras de todas y cada una de las ciudades existentes en la tierra de las puertas, un gran cristal suspendido por una especie de cadenas sujetas a dos grandes columnas, formaban un siempre cuidado altar, al cual accedían los progenitores que querían solicitar la incorporación de uno o varios de sus hijos a la escuela de magia. Este era el único medio existente, para contactar con el concilio de magos. Cuando estos se reflejaban en el mismo y tras hacerles unas preguntas a los solicitantes, evaluando con las respuestas que obtenían, si eran dignos de pertenecer a los peticionarios de aprendizaje, una vez conformes, accedían a que los alumnos pasaran la prueba. Transcurrido un corto período de tiempo y sin previo aviso, un representante de la orden conciliar, se personaba en el domicilio del solicitante para llevar a cabo la prueba en cuestión.

Esta consistía en poner un cristal incoloro en las manos del futuro alumno y si el cristal se tornaba blanco, esto significaba que era apto para el aprendizaje en cualquier vertiente de las artes mágicas. Este cristal, volvía pasados unos minutos a su color habitual, totalmente translucido y sería desde entonces encomendado a la custodia del admitido, hasta cumplir la finalidad de sus estudios. La incorporación era inmediata y tenía que marcharse con el enviado para este fin. Conviviría con el resto de profesores y alumnos, hasta completar los diferentes niveles de ascendente dificultad que tenían que cursarse.

La función del cristal era la de absorber los progresos del alumno, cambiando de tonalidad según el grado de sapiencia adquirida. Cada final de curso, todos tenían que presentar el cristal para obtener la nota de continuidad que daba acceso al siguiente nivel de conocimientos en la sala de la sapiencia, delante del concilio al completo.

En la parte central de esa sala, un gran cristal de forma hexagonal se asentaba sobre un pedestal de fina talla con incrustaciones de bronce, este era conocido con el nombre del Elodargás, el cristal del conocimiento. Cuando un alumno se acercaba con el suyo y lo mostraba delante de este último, todo lo aprendido durante ese curso y depositado en el pequeño fragmento que se le había encomendado, era absorbido al completo por el gran cristal, devolviendo al que portaba el alumno, su tonalidad traslucida.

En esta poderosa escuela de magia, fue admitido a muy temprana edad Skrár. Al poco de ingresar como alumno, estallo el devastador enfrentamiento entre humanos, lo cual, provocó que el joven se quedara huérfano y sin familia, ya que sus padres y todos sus hermanos, fueron quemados en la pira de los brujos, por los humanos que ostentaban el cargo de reyes en la ciudad de Ratnibrón. Sin lugar seguro a donde ir, y sintiendo pena y afecto por el huérfano, Péterfru, con la categoría de Alil, el más elevado rango en la orden del concilio, lo tomó bajo su tutela. El joven aprendía rápido y con una maestría fuera de lo habitual. Ninguna magia se le resistía, pero, la que a el más le atraía, era esa prohibida por el concilio, a la cual, nadie, sin pertenecer a la orden, podía practicar. Con el tiempo, algo se rompió en Skrár. Se volvió callado, taciturno, evitando el contacto con los demás. Se encerraba largas horas en su aposento, situado este en un ala del gran castillo. Llegó un momento, en el que solo salía de noche, cuando todos los demás dormían. Entre los jardines del claustro, parecía una sombra más. Una mancha de oscuridad que se fundía con la negrura más profunda del entorno. Bajo uno de sus brazos, agazapado entre la negra capa que lo arropaba del frio de las cercanas montañas nevadas, ocultaba un libro extraño. Un día, Péterfru, preocupado por el repentino aislamiento del joven, se personó sin aviso previo en su aposento, encontrándolo sentado al frente de un humilde escritorio de madera, leyendo con tal avidez las paginas que tenía delante, que pasó por alto la llamada del mago, sobresaltándose cuando este exclamó: – ¡No es posible! Skrár, ¿cómo ha llegado hasta ti el libro prohibido? – Le inquirió con asombro el mago.

-El escriba de la biblioteca me lo sugirió- Contestó él, viéndose sin argumentos lógicos que explicaran la pregunta.

-El escriba no tiene el suficiente poder para abrir la urna negra. Tendré que poner esta información en conocimiento del concilio de magos lo antes posible. Entrégame el libro de inmediato, no se que daños permanentes habrá causado en ti, pero lo descubriré. – Dijo con severidad alargando la mano en espera de la entrega.

-¿Pero por qué? No veo más que maravillas mágicas en él. No existen conjuros dañinos en el libro. Todo es magia nueva, clara y limpia. No entiendo porque ese temor a su sapiencia. – Contesto Skrár, resistiéndose a devolver el libro.

–No tienes nada que entender muchacho. Ese precisamente es el cometido de este libro. Aparentemente ofrece conjuros limpios y nuevos, sin peligro alguno, pero la realidad, es que la maldad que encierra todo el, es de una profundidad irreversible. Tú actitud lo demuestra con las palabras vertidas ahora mismo en su defensa. Este libro es maligno todo el, con el tiempo sin percatarte de ello, te consume el alma hasta dejarte sin ella. Muchos otros así lo sufrieron y nada ni nadie los pudo salvar de ese terrible destino. Tienes que entregármelo de inmediato y esta vez, sin explicaciones. – Le dijo Péterfru con autoridad contundente.

Pasadas unas horas, después de poner el libro en el lugar que le correspondía, Péterfru convocó de inmediato al concilio para abordar el problema.

Una vez reunidos en la sala Adárgas Péterfru comenzó preguntando a Ojós, el responsable de supervisar el cambio temporal de cada escriba: – ¿Cuánto tiempo lleva el escriba en la biblioteca? –

–Todavía no se ha cumplido el plazo para su sustitución. – Contestó Ojós

Péterfru narró lo sucedido con Skrár y con el fin de averiguar si este decía la verdad, hicieron llamar al escriba para tratar de esclarecer los hechos. Él les contó que una tarde alguien le había lanzado un hechizo de dormitar y nada más despertarse, revisó los giros del planetario para ver si había cambiado algún elemento que indicara una extracción o anomalía en la biblioteca, pero que como todo seguía igual, imaginó que lo sucedido habría sido una broma de algún alumno y no le dio más importancia. Negó rotundamente que lo dicho por Skrár fuera cierto. – ¡Nunca! – dijo – Nunca se me habría ocurrido hacer una sugerencia de tan peligroso objeto y menos, a un alumno. –

Aclarado el problema, el concilio decidió darle un tiempo vigilado a Skrár, con el fin de no tomar una drástica y repentina medida que provocara un conflicto.

El ávido interés por ciertos libros que mostraba el joven, tenía en constante alerta al concilio. Sus ideas se radicalizaron. Su odio hacia las razas existentes, era cada vez más notorio. Ya no callaba delante de nadie. Entendió de alguna manera, que mediante el poder podría hacer e ir a donde quisiera, autoconvenciéndose de que eso era lo único que importaba. Las ideas drásticas y nada lógicas que planteaba ante el conjunto docente, no eran bien recibidas ni por el claustro de profesores ni por el alumnado, causando temor en estos últimos.

Una de esas noches en las que vagaba tan a gusto entre las sombras, su retorcida mente, conocedora del poder que ya había adquirido en su estancia en Sogám, dio por concluido el aprendizaje, instándolo a apoderarse del cristal que encerraba todo el conocimiento acumulado por magos y alumnos. Así procedió, desactivando todos los engranajes de seguridad del planetario, para consecutivamente, huir en el silencio de la noche hacia rumbo desconocido, con Elodargás bajo el brazo.

Cuando días después fue capturado, no encontraron el cristal en su poder. Skrár no quiso desvelar nunca donde lo había escondido, perdiéndose con él, todos aquellos valiosos conocimientos que guardaba en su interior.

Skrár fue castigado y encarcelado en el mundo mustio de la dimensión de Odívlo, mientras juraba volver y vengarse de todos los seres de la tierra de las puertas. La puerta de aquella dimensión se cerró y tras ella, los gritos de venganza del que en los días actuales conocemos como el poseedor de almas.

Después de aquello, los magos, con temor a que otro hecho semejante se llegara a producir entre los alumnos, decidieron crear los siete cristales viracocha, uno perteneciente a cada mago. De tal manera, que, si alguno caía nuevamente en desgracia, solamente se perderían los conocimientos del mismo, los demás permanecerían con la que individualmente hubieran albergado, manteniendo a salvo, la sabiduría acumulada en ellos.

El concilio de los magos abandonó Sogám, para impartir conocimiento en otros mundos paralelos, abandonando la tierra de las puertas hacia las dimensiones elegidas. Nada se sabe de ellos en los días actuales y según cuentan los que por Sogám se atreven a pasar, que en aquel lugar habita algo siniestro y oscuro.

La enorme estructura de lo que hace tiempo fue el núcleo investigador y docente de todas las magias, ahora, rodeado de un macabro silencio, domina con su impávida imagen el entorno, impregnándolo con un halito escalofriante y fantasmagórico. Cuando el viento de las montañas se filtra rasgando el valle, los que de lejos lo escuchan, dicen que en su silbar se oye, el lamento agónico de una voz que arrastra en su soledad, un prolongado alarido.

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